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Un mundo de fantasías


Nunca debiera ser motivo de preocupación de los padres la imaginación de los niños. Por el contrario, una característica distintiva del ser humano es la capacidad de usar la fantasía, ya que con ella puede resolver sus problemas creativamente y conocerse más a sí mismo.

Al igual que los adultos, los niños a través de la fantasía pueden hacer proyectos, conocerse mejor y solucionar conflictos. En general, en los menores, la fantasía se basa en los recuerdos, si estos son buenos será una experiencia positiva y si son malos, será una forma de asimilarlos mejor.

Lo que pasa es que, lo que existe y lo que no existe, no aparece con tanta claridad en la mente de un niño, como ocurre en un adulto. En el niño realidad, representación, ficción y fantasía no encuentran barreras tan definidas. Lo real es menos real y la fantasía... posible.
La fantasía infantil es un fenómeno natural que se relaciona con el desarrollo de la inteligencia. Pero como está más relacionada con el juego que con el aprendizaje, es más libre y manifiesta la forma en que el niño comprende y desea, más que lo que sabe de la realidad.

El mundo de la imaginación

Todos los niños en cierta etapa comienzan a imaginar lugares, personajes y a asumir distintos roles en sus juegos. Sin duda su mundo de fantasías crece. Esos elementos reiterativos del mundo interno del niño que se ven reflejados en esta etapa muestran mucho de lo que el menor es. Por esto es muy conveniente que los padres observen en esos momentos a sus hijos y que además les fomenten el desarrollo de la imaginación.

En algunos casos los padres se ponen nerviosos cuando sus hijos entran en esta etapa sin saber que se trata de algo normal y positivo.

En general esta capacidad de imaginar toma más fuerza cuando los niños comienzan a involucrarse con el mundo adulto, ir al jardín infantil, tener amigos, interactuar con los otros. De hecho esta habilidad para imaginar es un paso fundamental en su desarrollo.

A los preescolares les encanta este tipo de juegos porque les permite sentirse con control de la situación y son capaces de inventar historias libremente, sin reglas. Cuando hacen este tipo de juegos no sólo se entretienen sino que desarrollan habilidades sociales, emocionales e intelectuales, necesarias para desenvolverse mejor en el mundo adulto.

Por otra parte, cuando simulan otra realidad o situación queda manifiesto que han comprendido ese aspecto del mundo que los rodea y cuando representan sus experiencias les está dando un sentido, incluso cuando se imaginan con un objeto otra cosa, están preparándose para un pensamiento más abstracto.

Incluso el realizar este tipo de juegos con otros niños, les exige aprender a compartir, ya que la parte más importante es definir quién realizará qué tipo de roles y qué situación representará cada uno.

Se trata además de una buena forma de procesar el enojo o el miedo. Imaginando que son otras personas o que están en otros lugares, a veces crecen en valentía para enfrentar sus propios temores. Por otra parte no hay duda de que jugar a ser otros aumenta su empatía hacia los demás.

En definitiva está claro que no hay que preocuparse de este tipo de juegos, de hecho es más mala señal cuando no están presentes. La mejor actitud que pueden tomar los padres es no parecer sorprendidos ante este tipo de actividades lúdicas ya que no harán más que inhibir al niño. Tampoco es bueno corregirlos. La gracia para ellos está en que pueden actuar libremente y sin reglas preestablecidas, por lo tanto jamás un adulto se debe incorporar sin invitación previa.

 

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