Cuando en una familia hay varios hermanos se pueden detectar diferencias significativas en el cuidado y dedicación de los padres, en la educación recibida, en los miedos trasmitidos, etc. Esto puede hacer que los hermanos se vean como rivales frente a los que hay que competir para ganarse la admiración de los progenitores.
Por ejemplo, los hermanos mayores siempre serán criados seguramente de manera distinta a los menores. A los más grandes, por ser los primeros, se les educará con más miedo, aprensión, ya que al ser padres primerizos uno experimenta en su cuidado y se teme por que le pase cualquier cosa. Eso puede fomentar que el primogénito acabe teniendo una mayor predisposición hacia trastornos fóbicos y miedos, por este motivo es importante que no trasmitamos nuestras ansiedades a los hijos, se trata de aprender a fomentar una actitud más positiva y no de ver peligros en todo aquello que nos rodea. En definitiva, educarlos con miedos no fomentará su autoestima y lo más importante en criar niños autónomos y seguros.
Cuando llega el segundo hijo, el mayor se siente desplazado. Su trono de rey se lo han quitado y es acá donde vienen los primeros celos y rivalidades. Por eso es bueno ser cuidadoso y tratar de no hacer diferencias entre los hermanos porque esto podría afectar profundamente al niño.
Si esta rivalidad no se trabaja desde el principio, podemos encontrarnos a dos hermanos que pasan sus vidas llevándose la contraria y discutiendo por cualquier cosa. Muchas rivalidades infantiles pasan a la edad adulta y podemos encontrarnos a personas adultas que no se llevan bien con su hermano o hermana porque de pequeños el otro era el favorito de los padres.
Para evitar que pase esto, es importante que se haga partícipe al hermano mayor desde un principio del embarazo, incuyéndolo en los controles, ecografías y en todo el proceso, para que cuando llegue el momento del nacimiento lo vea como una compañía, un amigo y no un rival.
En ocasiones observamos como uno de los padres o ambos, toma como “hijo preferido” a alguno porque se le parece o cumple con sus expectativas y el otro queda relegado haciendo el papel del “rebelde o difícil”.
Rol de los padres
Es tarea de los padres fomentar en el hogar el compartir y no el competir, aprender a respetar las diferencias de uno u otro y no hacer comparaciones entre ellos, ya que cada uno tiene sus tiempos, predilecciones y deseos particulares.
Promover un espacio de escucha dentro de la familia donde todos sus miembros tengan la posibilidad de ser escuchados en sus necesidades, favorecerá la unión y respeto entre sus miembros.
Lo más importante es fomentar siempre la alianza entre hermanos y no la rivalidad, olvidándonos de hacer comparaciones entre ellos, o de apoyarnos en el ejemplo de los unos para educar a los otros. A la hora de felicitar o recriminar a los hijos, no conviene hacerlo en relación a su ubicación en la familia, sino en relación a su naturaleza o a su edad. Por ejemplo, si uno de los niños más pequeños ha logrado hacer algo, no por ello es menos importancia que lo haga uno mayor, para cada uno de ellos es un logro. Emitir juicios comparativos pueden influir negativamente en la autoestima al no sentir el niño que sus logros son valorados.
Del mismo modo, a la hora de castigar conviene tener en cuenta que no es menos censurable una misma acción por haber sido copiada de otro aparentemente más responsable. Con frecuencia cometemos el error de castigar a los mayores por sus acciones y por la imitación que los pequeños hacen de ellas. Es importante que aprendan a tener conciencia en sí mismo y a actuar por cuenta propia. De ese modo recibirán premios o castigos en función de sus comportamientos y no amparándose en los otros.